Hace ya varios años, una palabra anglosajona se incorporó a nuestro español de una cómoda manera y con gran aceptación por todos, sobre todo por aquellas personas con poco tiempo para dedicarle a la cocina. Delivery. Un gran invento para unos, una pesadilla para otros.
Vamos a afirmar, y jamás pondremos en tela de juicio, que la comida casera es la más rica, la más nutritiva y es elaborada con más amor. Pero no siempre hay tiempo ni predisposición para preparar nutritivas manjares caseros, entonces para llenar ese vacío nació el delivery. A partir de la aparición de esta cultura, hubo ciertos cambios: las heladeras pasaron a ser la biblioteca de imanes que alberga esos teléfonos sagrados, los papeles que pasan por debajo de las puertas ofreciendo nuevos menúes son claves para matar el hambre e incluso si nos quedáramos sin bebdidas alcohólicas en alguna reunión social, el delivery está siempre atento para ayudarnos.Mejor hecho en casa
El problema de esta nueva cultura social es que uno no siempre conoce la cocina del lugar donde está llamando. El aspecto es imprescindible para confiar en lo que nos están sirviendo en nuestros platos, en este caso, en nuestras bandejas de plástico. No sólo pasa por la limpieza del lugar donde se cocinan los alimentos, sino que si pido que lo condimenten con ajo y perejil, me gustaría que sean frescos, no sus rastros disecados.